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Crónicas

FERNANDO: Uno de los rostros en la disputa por el espacio público

Por Fernando Rodríguez y Proyecto Museo del Andén, Semillero de Investigación Especies de Espacios del Departamento de Artes Visuales de la Pontificia Universidad Javeriana

11 ciudades sostenibles

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Les presento a Fernando. Fernando tiene un negocio de 30 años en la Calle 42, entre Carreras Séptima y Octava. Su negocio tiene clientela fija, lleva inventario, se actualiza con los vaivenes del mercado, y genera ingresos suficientes para él, su esposa y dos hijos; aunque no funciona en un local, sino en una malla sobre el andén, el negocio de Fernando es tan legítimo como la papelería a sus espaldas.

Cuando Fernando y su hermano Álvaro eran niños, su papá tenía su puesto de trabajo sobre la Cra. Séptima y con él, no sólo les proporcionó vivienda, alimentación y educación, sino los saberes necesarios para ser un buen comerciante: llevar cuentas, rotar la mercancía, atender bien a los clientes, sin importar si el negocio estaba sobre el andén o en un local. Así, Fernando estudiaba en las tardes, y en la mañana ayudaba en el negocio, hasta que en 9° decidió dejar los estudios y montar su propio negocio, ¿en dónde? En el mismo sitio de hoy en día, a la salida del túnel de la Universidad Javeriana, vendiendo accesorios, joyería, bufandas y sombrillas a las estudiantes.

“A mí en algún momento me ofrecieron trabajo en la Universidad [Javeriana], pero yo nunca lo recibí, porque yo veía que me iba muy bien con mi trabajo, nunca pensé que la situación de nosotros se iba a complicar tanto como ahora”.

Empezó vendiendo prendedores colgados en una chaqueta, y poco a poco sus líneas de negocio se fueron ampliando para satisfacer los gustos del creciente mercado y proveer ingresos para su familia que, treinta años de esfuerzo después, ha dado como fruto a un estudiante de diseño gráfico y a una de gastronomía, que ya trabajan y que cuentan con un abanico más amplio de oportunidades que el que tuvo Fernando tres décadas atrás.

Con el emprendimiento de un lado y la constancia del otro, Fernando ha logrado que su negocio se convierta en una parte de la calle, del barrio, de los rostros y los intercambios diarios que transforman el anonimato de la ciudad en un espacio dinámico para el encuentro y el intercambio de experiencias y la formación de lazos sociales, tejido social e historia: El negocio de Fernando es tan antiguo, que fue el primero de “la calle del túnel” (después vendrían otros vendedores con sus negocios, como Álvaro, su hermano), es tan antiguo que estuvo antes que el túnel mismo, y en este tiempo ha aprendido a adaptarse a los gustos de sus clientas, y al vaivén de las políticas públicas, muchas de ellas con una visión funcionalista de la calle, que excluye formas de habitar y construir el espacio público distintas a las de su uso primario: la circulación.

“Con el emprendimiento de un lado y la constancia del otro, Fernando ha logrado que su negocio se convierta en una parte de la calle, del barrio, de los rostros y los intercambios diarios que transforman el anonimato de la ciudad en un espacio dinámico para el encuentro y el intercambio”

Y treinta años después aquí estamos parados. Fernando con su malla de productos recostada sobre un muro, atento a la llegada de la policía, que puede decomisar su mercancía y retirarlo de su sitio de trabajo en el cumplimiento de su deber. Desde que la Calle del túnel fue declarada como “espacio recuperado”, él no puede vender allí, lo que levanta varias preguntas, si no es allí, ¿dónde? La administración dio una reubicación temporal sobre la Cra. 8, pero al poco tiempo retiró el apoyo; y si no hay un dónde, ¿cuáles son los medios de resistencia para asegurar la dignidad y el trabajo de muchos ante políticas con otras prioridades?, ¿en dónde está la línea entre el respeto por las leyes y el sentido de lo justo? “yo pagué una noche de estación, es una tristeza, tener que pagar cárcel por querer trabajar”, dice Fernando al recordar la vez en que la policía acorraló a los vendedores ambulantes del sector de forma masiva para llevarlos a estaciones de policía y decomisar sus mercancías.

“A mí en algún momento me ofrecieron trabajo en la Universidad [Javeriana], pero yo nunca lo recibí, porque yo veía que me iba muy bien con mi trabajo, nunca pensé que la situación de nosotros se iba a complicar tanto como ahora”, cuando no se pueden instalar “chazas” en la calle, y con los policías locales se ha llegado a acuerdos verbales para trabajar por horas, en lo clandestino, en lo limítrofe entre lo ilícito y lo necesario. Se ha llegado a un punto de quiebre definitivo en donde es necesario pensar respuestas que no lleven a mecanismos para saltar la normativa actual, sino que generen un reconocimiento social y cultural que legitime en el largo plazo.

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La respuesta está en la hospitalidad. Hospitalidad que recibe de sus clientas, todos los días mediante el intercambio de saludos, sonrisas; y hospitalidad que ofrece él en su negocio a todos los que se acercan. Hospitalidad que, como afirma Jacques Derrida, acepte la incondicionalidad irreductible del otro, dislocando y pervirtiendo las leyes de la hospitalidad jurídica, ofreciendo a cambio la convención del respeto y la legitimidad desde la tradición y lo justo, que desemboque en un sentimiento de solidaridad basado en la conciencia de la situación del otro.

La hospitalidad es una invitación a la resistencia mediante la acogida y el trato entre iguales.

 

Para mayor información, contactar a Ricardo Toledo a través del correo ricardobtoledo@gmail.com

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