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La historia de una Sombra

Por Juliana Gómez*

4 educación

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Cuando llegué al colegio para conocer el entorno en el que trabajaría como sombra, me encontré con un niño que no musitaba palabra alguna. Parecía algo inquieto y curioso. Se quedó mirándome mucho tiempo y se sentó al lado mío casi que imitando mi postura. Iba y volvía cada cinco segundos. Yo le sonreía y él me observaba como algún objeto extraño. A veces evadía la mirada y luego se pegaba de una ventana que tenía al lado.  

En ese momento entró una persona llamándolo por su nombre. Apenas él la vio, salió corriendo nuevamente. En ese momento creí que ese sería el niño con el que trabajaría. Lo sentí como un reto, pero jamás me había sentido tan comprometida con algo. Luego me llamaron para entrevista y me contaron que yo trabajaría directamente con otro niño, pero que antes debía conocer a la mamá, porque yo no estaría contratada directamente por el jardín sino por ella. Además, esto le daría la tranquilidad a ella de saber quién acompañaría a su hijo en todo momento durante el colegio.

Hablé con la madre del niño y me citó en su oficina. Ella inmediatamente comenzó a hablarme de su hijo, quien padece Síndrome de Asperger, un espectro funcional del autismo. Yo le conté que sobre eso había sido mi tesis, pero que jamás  lo había visto en niños, siempre lo había trabajado en jóvenes y adultos. Ella comenzó a contarme cómo era él y cómo había sido su proceso.

Ella me explicó que quería meterlo a un colegio regular, porque los colegios con educación especial le generarían un retroceso en todo el avance que él había logrado los últimos años. Su sueño es que Diego logre ingresar en un futuro a la universidad.

Diego entró a los cuatro años al jardín. Yo no me atrevía a meterlo en ningún colegio porque me daba miedo que el entorno fuera muy hostil para él. Él comenzó a hablar al año y medio, decía mamá y papá pero luego dejo de hablar por completo. A veces repetía lo que escuchaba, pero la mayoría del tiempo permanecía callado. Ahí fue cuando yo decidí llevarlo a un especialista, porque eso no era normal. El diagnóstico fue Síndrome de Asperger. Apenas supimos lo que tenía, comencé a llevarlo a donde una especialista que me recomendó meterlo al jardín. Lleva un año y medio ahí y la próxima semana cumple 6 años. Desde que entró comenzó a hablar y ahora escribe su nombre, habla en inglés y está mejor que nunca.

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La madre me explicó que debía entrar a trabajar con él lo antes posible, porque necesitaba un apoyo terapéutico dentro del aula para luego meterlo a un colegio regular. En ese momento sacó un papel de su escritorio y me mostró una hoja que decía “inscripciones abiertas para agosto de 2016”. Ella me explicó que quería meterlo a un colegio regular, porque los colegios con educación especial le generarían un retroceso en todo el avance que él había logrado los últimos años. Su sueño es que Diego logre ingresar en un futuro a la universidad.

A la siguiente semana empecé a trabajar con él. Eran las 8 am y yo esperaba ansiosa en el jardín en el que trabajaría. A las 8:40 am sonó el timbre. Era la madre del niño y él. Apenas me vio siguió derecho y ella soltó una carcajada diciendo “Diego es así, sale corriendo como un loquito”. Yo le dije que no había de qué preocuparse. Ella me explicó cómo iba a ser mi día y me pidió que usara uniforme.

Cuando cerré la puerta, me dirigí al salón y me encontré con la profesora que dirige el curso de Diego. Ella me contó cómo era él todos los días. Me dijo cómo eran sus rutinas y cómo debía tratarlo. Esa. Primera semana fue de observación. Quería saber cómo era él y cómo podía acercarme. Quería construir un lazo fuerte entre los dos, pero también debía ser realista, porque construir un lazo con alguien que no siente empatía puede llegar a ser muy difícil e incluso imposible.

Esa primera semana parecía haberse adaptado a mí muy fácil. Incluso la profesora me decía que él no había puesto ninguna resistencia a que yo lo acompañara todo el tiempo. Eso me hizo sentir que mi esfuerzo por comenzar una especie de amistad con él había tenido éxito.

Estando con él a diario, comencé  a ver cómo eran sus formas de interactuar con sus compañeros del salón. Algunos lo molestaban por la forma de hablar o su forma de acercarse al mundo. Uno de ellos, obsesionado con Batman, creía que él era un villano con el que debía combatir, de modo que lo agredía todo el tiempo. Como respuesta a esta violencia, injustificada para él (por el escaso mundo simbólico que recrea el síndrome de Asperger), tenía como rutina defenderse imrpevistamente, cuando el niño Batman no lo estuviera viendo y jalarle el pelo o sentarse en su pupitre. Eran acciones que parecía hace de forma casi sagrada cada cierto tiempo.

Ilustración Isabelle Arsenault

Ilustración Isabelle Arsenault

También comencé a observar que tenía ideas de las cuales no podía desprenderse fácilmente y me hablaba todo el día sobre esa idea. En una ocasión, por ejemplo, llevó un Goofy al colegio. En la entrada la profesora le recordó que los juguetes debían quedarse en la casa y que sólo podían venir con nosotros los viernes. De modo que yo tuve que quitárselo y dárselo de vuelta a su madre. El resto del día sus ideas giraban en torno al muñeco, como si fuera lo más importante de su vida.  Me causaba curiosidad cómo él se repetía a si mismo una y otra vez:

Diego, el Goofy está en la casita, apenas salgas del Jardín vas a jugar con él, porque él no puede venir al colegio.

Cada idea que lo obsesionara durante el día se convertía en un soliloquio; además de un ir y venir de preguntas a mí respecto al tema. Creo que con los días me fui acostumbrando y, pacientemente, respondía cada una de las preguntas, quejas o reclamos que él me hacía una y otra vez.

Otra cosa que logré observar fue la interacción nula con otros niños de su edad.  Algunos lo buscaban para jugar, pero él prefería lanzarse del rodadero incontables veces hasta que nuevamente tuviera que volver al salón. Cada cosa que él hacía me generaba una curiosidad infinita, de modo que decidí empaparme del tema. Comencé a leer sobre el síndrome para encontrar forma de ayudarlo en su desarrollo educativo. Leí sobre la ansiedad que estos niños manejan y las formas de ayudarlos a enfrentarla.

Ahí entendí que más que estrategia educativas, yo debía conectarme como fuera a un nivel más profundo con él. Tenía que entender sus formas de aproximarse al mundo.

Diego parecía ser un niño bastante tranquilo, hasta el día que le hice un “time out” por pegarle al niño Batman. Sus manos sudaban, su corazón latía muy rápido y lo único que decía era que debía irse a a su casa. Cuando logre centrarlo, agarró un atomizador y comenzó a mojarse su ropa. Ninguna estrategia pedagógica me funcionaba. Ahí entendí que más que estrategia educativas, yo debía conectarme como fuera a un nivel más profundo con él. Tenía que entender sus formas de aproximarse al mundo. Por esto decidí hacer un equipo con su terapeuta ocupacional y su fonoaudiologa. Ellas me recomendaron las aproximaciones visuales, de modo que decidí  dibujarle unas tarjetas que le mostraran qué cosas debía hacer y cuales no. Encontré que su forma de comunicación es visual, de modo que de eso me valí para trabajar con él y conectarme con él a su forma.

Aunque aún no me dé abrazos espontáneos, tengo que admitir que nuestra conexión va más allá de demostraciones afectuosas. Estoy casi segura que mi trabajo se ha realizado satisfactoriamente porque le he enseñado que hay formas de comunicarse con el mundo que está afuera, le he enseñado que a los amigos no los maltrata y cuando algo no te gusta, se los haces saber. Pero sobretodo siento que él me ha enseñado que hay formas muy diferentes de ver el mundo.

 

Para mayor información, contactar a Juliana Gómez al correo juligomez_689_3@hotmail.com

*Juliana Gómez es Psicóloga de la Pontificia Universidad Javeriana, ha dedicado su trabajo de investigación y su trabajo a la comprensión del espectro autista y su integración en los modelos educativos contemporáneos.

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